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Entender el Cómic de Scott McCloud

12-1La pedazo de entrevista que Zona Negativa ha realizado a Scott McCloud me recuerda que tenía pendiente escribir algo sobre sus tres obras teóricas (o dos y media), empezando por Entender el Cómic, aquella que le encumbró como uno de los mayores entendidos en la materia y considerada prácticamente con unanimidad como el más completo y honesto estudio sobre el potencial y validez del cómic como medio de expresión artística.

Partiendo de los conceptos planteados por Will Eisner en El Cómic y el Arte Secuencial (una obra revolucionaria que tras los gloriosos años 80 empezaba a quedarse un poco corta), McCloud desarrolla su tesis en formato cómic estructurado en nueve episodios, cada uno de ellos centrado en un conjunto de peculiaridades exclusivas de los tebeos (lo que en la práctica vienen a ser los recursos): cada una de estas configuran su lenguaje único, demostrando que se trata de un medio aun por explotar y cuyo crecimiento ha sido torpedeado en innumerables ocasiones por culpa de la mala imagen e ideas preconcebidas que aun hoy día se mantienen en el consciente colectivo (y que afortunadamente, parece que empezamos a superar). Quizás lo más polémico de la obra sea esa definición de “Arte Secuencial” heredada de Eisner, y transformada en la más trabajada, impostada y… ejem… aburrida “Ilustraciones yuxtapuetas y otras imágenes en secuencia deliberada, con el propósito de transmitir información y obtener una respuesta estética del lector“… Sin embargo, a pesar de tratarse de una definición planteada en el primer capítulo, da la sensación que el autor no se la toma muy en serio, pues toda la obra gira en torno a una característica que la definición obvia (aunque se podría considerar que está implícita): que la esencia, la naturaleza del cómic está en lo invisible, en el espacio entre dos viñetas. ¿Quizás de ahí el subtítulo El Arte Invisible?

Por su parte, para ganarse al lector McCloud no se limita a soltar un denso y aburrido discurso, y configura un grafismo simple pero exquisito en el que se dibuja a si mismo en infinidad de viñetas intentando transmitirnos sus conocimientos e ideas de una forma directa, aprovechando al máximo las ventajas del medio: el autor norteamericano hace uso de una inmensa cantidad de recursos que demuestran que esta obra, tal y como está planteada, sería imposible de realizar en otro medio. El tono reivindicativo refleja la pasión que McCloud siente por los tebeos, pero en todo momento

Son muchos los que deberían leerse Entender el Cómic, especialmente aquellos que ven el mundo de los cómics desde fuera y lo juzgan desde una prepotente ignorancia, sin criterio ni moderación. Estoy seguro que su visión de los tebeos cambiaría radicalmente, aunque no lo quieran reconocer.

Interesándome por el Salón del Manga…

Aunque lo cierto es que de interés… poquita cosa más bien. Como era de esperar, el alma del salón del Manga no es más que la de un aburrido mercadillo donde lo principal no es la divulgación y normalización del medio, sino que los libreros se forren, los editores presenten sus novedades sin profundizar apenas en el trabajo de los autores o los otakus tengan una excusa para hacer el ridículo sin sentirse ridículos (comprensible en la cultura japonesa por motivos históricos… pero fuera de lugar en Europa). Se que es una generalización un tanto exagerada ya que siempre hay gente a la que le apasiona realmente la cultura nipona (aunque me temo que es una minoría), pero es algo que comento desde el máximo respeto y aprecio hacia el tebeo japones y sus derivados, que tras día a día me ofrecen lecturas tan estimulantes como el sobrecojedor Monster de Urusawa, el divertidísimo Doctor Slump de Toriyama (cuya nueva reedición fue la estrella indiscutible del salón) o el comprometido Say Hello to Black Jack de Syuho Sato entre otras muchas. No hay más que ver el limitado espacio con el que contaron los invitados a las clases magistrales (Ken Nimura estuvo soberbio) o la escasa importancia de los talleres en comparación con la sala de videojuegos (eso sí, salida del abultado talonario de Microsoft para crear nuevos ejércitos de fanboys). Mención a parte se merece la sala de exposiciones: de risa, una ridícula sala para CINCO diferentes muestras de originales… nada sorprendente por otra parte, aquí lo que importa no es la divulgación sino el comercio. La cultura del consumismo llevada al los extremos más caricaturescos: vamos de culo si nos aferramos a los principales defectos de la sociedad japonesa en vez de fijarnos en sus aciertos culturales.

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En fin, algunas cosillas interesantes…  A  los mencionados talleres y las clases magistrales; hay que añadir las conferencias, de las cuales solo pude ver un par, destacando la presentación de novedades de Glénat para el próximo Salón del cómic de Barcelona, con un Hernan Migoya que parecía realmente apasionado por el tema del manga patrio (aunque reconocía estar virgen en ese area) y convencido del talento de las autoras de los primeros títulos de esta linea. La conferencia fue algo peñazo y caótica al principio, pero se volvió interesante cuando surgieron algunas reflexiones acerca de la contradicción que plantea el propio concepto de “manga español” así como la utilización de recursos narrativos japoneses en un cómic que -por bagaje cultural de sus autores- al fin y al cabo no deja de ser tebeo europeo por mucho que se intente maquillar por motivos obviamente comerciales. Al margen de todo esto se agradece que unos editores con CRITERIO apuesten por autores jóvenes y con talento, (especialmente si compartes ciertos orígenes con alguno de ellos: te alegra y motiva al mismo tiempo). De esta forma es probable que el año que viene el premio al mejor manga realizado por un autor español se lo lleve alguién que DE VERDAD se lo merezca, aunque la tarea va a ser complicada teniendo en cuenta que los premios los determina el voto del público, por lo tanto no me extrañaría que volviera a llevarse el gato al agua un engendro pseudo-fancinero surgido de la falta de criterio de una diminuta editorial (si es que hoy día coges cuatro sillas, una mesa y un PC Pentium II a 266mhz, y te montas una “editorial”, ahí, con dos cojones, aunque no tengas la más mínima experiencia en edición) y el fanatismo baboso de unos pocos cientos de “chupapollistas deviantarteros lobotomizados”. Este premio quizás define la falta de seriedad de un Salón que  tiene un interés mínimo para cualquier que se tome un poco en serio esto de los tebeos.

El nuevo color de La Broma Asesina

Cuando el año pasado se publicó la versión americana de La Broma Asesina que conmemoraba el vigésimo aniversario de su publicación, hubo cierta polémica en torno al nuevo color digital que realizó Brian Bolland expresamente para esta nueva edición. Pues bien, descartando a los polemistas y exagerados habituales (“¡El Photoshop es un invento del demonio! ¡Bolland es un vendido! ¡Que le corten la cabeza!”), las bases de esta polémica eran fundadas y ahora que la edición de Planeta esta en el mercado, es un buen momento para retomarla.

Ante todo hay que tener en cuenta un aspecto muy importante que pocos parecen tener en cuenta: el resultado final de las páginas es el que Brian Bolland buscaba originalmente y no el de John Higgins, más colorido y “pop” y por lo tanto alejado del ambiente lúgubre que pretendía el dibujante no lo digo yo, leeros la edición Absolute, que incluye un artículo donde Bolland comenta todo esto en profundidad). Solo por eso, y mal que les pese a los más conservadores, el color de esta edición debería ser respetado y considerado tan válido como el original independientemente de todos los puntos discutibles. Sin embargo aunque soy un acérrimo defensor de los medios digitales para la creación y restauración de obras gráficas, creo que esta labor de recoloreado contiene una serie de aspectos fallidos, a pesar de partir de una serie de intenciones más que loables.

El principal problema es el que suele dar se en este tipo de trabajos: recolorear un cómic “antiguo” con un estilo (ojo, estilo, que no técnica… lo que importa es el resultado) “moderno” provoca contradicciones en el resultado final. No se trata de que haya degradados, brillos o cambios cromáticos, sino de aplicarlo de forma  incorrecta. Fijaos en este ejemplo.img148

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(No he encontrado la viñeta original en blanco y negro, y he tenido que extraer el entintado de la nueva versión, así que perdonad la inexactitud de la comparativa y el quemazón de la linea).

Como podeis ver, ese aspecto de degradado gradual, suave, posiblemente pintado con pincel aerógrafo de Photoshop (o programa similar), contradice la técnica de tramado que utilizó originalmente… y de haber existido esta técnica de coloreado en 1988, Bolland probablemente no hubiera utilizado esos tramados. En estos casos el color tiene que potenciar y destacar las características del dibujo original, no sustituirlas ni corromperlas, que es lo que ocurre en ocasiones en esta nueva edición de La Broma Asesina. ¿Por qué narices hay que simular un volumen mediante coloreado si ya estaba presente en el dibujo original? ¿Solo porque se pueda hacer con cierta sencillez (otra cosa es hacerlo bien) tenemos que aplicarlo? ¿No es ese un planteamiento poco profesional? No se vosotros, pero a mi estas páginas me causan una levemente molesta sensación de contradicción y sobresaturación en el resultado final. Y digo levemente porque en otros aspectos, como la elección de la paleta de colores, el color de Bolland supera claramente al de Higgins, consiguiendo una ambientación sobresaliente que dota de mayor fuerza dramática algunos de los mejores momentos de esta maravilla de cómic.

Resumiendo, por paleta de colores y ambientación gana el color de Bolland, pero en todo lo demás (técnica y ejecución en función de lo que necesitaban las páginas en blanco y negro), gana Higgins. Además, poniéndonos frikis, me jode un huevo que Bolland haya eliminado el circulo amarillo del símbolo de Batman.

PD: De como me está yendo por las Barcelonas, Tarragonas y demás, y de mi primer contacto con la Escola Joso hablaré en los próximos días, cuando esté totalmente instalado.