Mientras leía Memorias de un Hombre en Pijama, hubo un momento en que tuve que cerrar el libro, mirarme al espejo y comparar mi rostro con el alter ego de Paco Roca, para confirmar que esta no era una historia sobre mi: hasta ese inquietante nivel me sentía identificado con la historia.
No creo que sea una coincidencia: hasta ahora Roca había demostrado una asombrosa capacidad para jugar a su antojo con las emociones del lector… lo que parecía más complicado era conseguir ese mismo efecto con una obra aparentemente más ligera en formato tira de prensa. Probablemente no había mejor forma de callar esas escasas bocas que se quejaron de Arrugas por ser una obra manipuladora que buscaba la lágrima fácil al tratar un tema socialmente comprometido como el alzheimer (demostrando, por otra parte, no entender absolutamente nada), que ofreciéndonos un slice than life autobiográfico centrado en las anécdotas de la vida de un freelance. La diferencia con otras obras como Arros Covat es que lo hace a través de una narrativa prodigiosa y un sencillo dibujo cuyo trazo huye conscientemente del virtuosismo para ofrecer espontaneidad, como solo pueden permitirse los grandes maestros.